Estaba, en un arrebato de caridad navideña, lavando los platos. Por primera vez en mucho tiempo, mi padre había decidido regalarnos, a mí y a mis dos hermanos, algo de dinero. Se dispuso a repartir cien pesos ceremoniosamente y, cuando llegó mi turno, me extendió el billete violeta que yo, lavando los platos como he dicho que estaba, decidí poner en un lugar seguro, lo suficientemente seguro como para alejarlo de toda posibilidad de robo. Ridícula precaución la mía, teniendo en cuenta que, en ese momento, quienes se hallaban en casa eran mis hermanos y padres, entre los cuales, el único capaz de robarme era, justamente, mi padre. Sin embargo, aterrada por la todavía fresca imagen de una mucama que solía trabajar en casa, que se había llevado mis doscientos preciados dólares posdevaluación, decidí poner los cien pesos en un lugar que yo creyera seguro. Coloqué, entonces, el billete violeta (planchadito y limpito, como pasó a integrar mis más tiernos recuerdos de juventud), en la parte trasera de mi bombacha, ya que mi pollera carecía de bolsillos.
Un billete es un estado potencial de la materia. Es un pedazo de papel que puede ser dos CDs del grupo favorito más una remera – como lo era en mi imaginación, mientras lavaba los platos y saboreaba ya la compra – pero también es poco menos de 100 cocas light, y también es dos meses de gimnasio abonados por adelantado o cuatro días más de mi futuro viaje. Estas reflexiones me ocupaban, mientras, en otro plano, un mandato subyacía a mis cavilaciones: “sacate el billete de la bombacha antes de ir al baño, Julieta, sacate el billete de la bombacha antes de ir al baño, Julieta, sacate el billete de la bombacha antes de ir al baño, Julieta, sacate el billete de la bombacha antes de ir al baño, Julieta, sacate el billete de la bombacha antes de ir al baño, Julieta, acordate de... no te olvides de...”
Horas después, hablando por teléfono con una amiga, palpé mi trasero (que ahora tiene un considerable valor agregado, por lo que tendré que modificar la respuesta a la pregunta “¿por cuánto entregás el culo?”) y adivinen qué. Así es: el macabro inodoro, que se me hacía dentado, se había tragado mis sueños de música y remeras. En vano fueron mis intentos de que el malvado vomitara lo engullido, en vano suplicarle o insultarme por mi estupidez, en vano hacer un "mea culpa" - ya que, en rigor, la culpa era del meo.
“Eso se deshace, como el papel higiénico”, sentenció el portero del edificio, cuando le conté el accidente. O sea que ni siquiera me quedaba el consuelo de que algún pobre diablo hallara el dinero. Concluí, apenada, que mi estupidez no sólo me había privado a mí del placer de alguna compra, sino que había sacado de la balanza del mundo, del equilibrio económico de la orbe, cien pesos. El universo, Wall Street y los niños de Somalía tenían cien menos; la energía de decenas de cubanos en cañaverales agobiados se había disipado en las cloacas de la eternidad. Y todo por los problemas edípicos de una estúpida judía argentina de clase media que, para ese entonces, ya alternaba lloriqueos con ataques de ira descargados en la endeble puerta de un placard.
Después de la furia, llamé a unos cuantos amigos, para comentarles lo sucedido. Necesitaba escuchar las remanidas frases mentirosas que apoyan tesis supersticiosas, como aquella que asevera que todo lo que se pierde, se recupera. Lo que no llegué a comprender del todo es la convicción de que yo debería considerarme afortunada porque ningún ser querido había perecido de muerte horrible. ¿No era acaso lo suficientemente desdichada con lo que me había ocurrido, para tener, encima, que agradecerle a la Providencia que no se le antojara depararme peor destino? Me sentí contenta, sin embargo, al considerar que, si cada uno de mis parientes muertos implicaba necesariamente el agregado de cien pesos a mi cuenta, en algún momento sería bastante rica.
Ya en el colmo de la desesperación – quedaba todavía la posibilidad de encontrar el billete tirado por algún lado -, tuve la mala idea de telefonear a Levín, un compañero bastante cínico, que no me consoló ni me inculpó, sólo se limitó a subrayar el hecho de que la superficie del inodoro era ínfima en relación a la superficie total de mi casa, con lo cual mi accidente había sido, en verdad, bastante improbable desde el punto de vista estadístico. Lo que me convertía, definitivamente, en una idiota (esto no lo dijo Levín, pero sabemos que lo pensó).
Hoy puedo afirmar que las secuelas psíquicas del accidente fueron dos. Primero, no puedo dejar de computar una y otra vez, al pasar frente a una vidriera, los objetos que hubiera adquirido hasta llegar a completar la bendita suma. Los cien pesos hipotéticos parecen ser mucho más abarcativos que los reales, pues aquéllos vuelven a cero cada vez que mis ojos se topan con un artículo que supera en interés al anterior, siendo, de este modo, infinitos. El segundo y último trauma: no me es posible alejar de mi cabeza la villa imaginaria, situada al lado del desagote de la cloaca, donde un grupo de desafortunados, secador de pelo mediante, festejan con sidra barata el hallazgo de un billete de cien, sin tener ni un poco de piedad por la chica del Belgrano que ya no escuchará un disco nuevo para Navidad.
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